sábado, 5 de junio de 2010

¿Quién soy?

Permitid que me presente. Me llamo Lucky. Un apelativo tan grotesco y ridículo como cualquier otro. Aunque a decir verdad mis padres me pusieron Jansel. Adopté el apelativo de Lucky con 18 años porque me parecía más insinuante, enigmático y sonoro que aquel que mis progenitores me impusieron aprovechándose de mi falta de raciocinio. ¿Quién podría triunfar llamándose Jansel? Consideré que mi nuevo nombre era más acorde a mis ambiciones vitales. Ya sabéis, un nombre con personalidad. Sin embargo, no tarde en darme cuenta de que un nombre era simplemente la forma más sencilla de diferenciar a un gilipollas de otro en este sinsentido que llamamos ciudad.

No me considero pesimista. Los pesimistas temen que llegue el próximo día. No quieren un mañana porque saben que será aún peor que hoy. Los optimistas, por su parte, son los que disfrutan del presente y su próspero porvenir. Éstos son fáciles de reconocer por su incomprensible sonrisa, un recordatorio constante de lo triste de tu propia existencia. Yo ansío el mañana no por que espere que sea mejor, sino porque tengo la certeza de que no puede ser peor. No sé en qué me convierte eso. Y sinceramente me da igual. Supongo qué únicamente soy alguien que no tiene nada que perder, salvo mi lamentable vida.

Resultaría genial ser de otra manera, levantarme y entonar odas de alegría, pero no podría hacerlo sin vomitar. ¿De dónde viene toda mi angustia? No sería sincero decir que la vida me ha tratado mal. A mis 24 años tengo todo lo que cabría esperar en un joven de bien: Una licenciatura en Periodismo en la mejor universidad privada del país, un piso de alquiler en el centro de la ciudad, una cordial relación con mis padres, amigos con los que jugar a la PlayStation los domingos e incluso una preciosa novia morena que soporta mis rarezas.

En resumen, soy todo un envidiado producto estandarizado de clase media-acomodada del siglo XXI. Sólo me falta un código de barras para poder venderme por catálogo en la tele tienda de alguna endeudada emisora local. Así, siguiendo paso a paso lo que esta puta sociedad me marcaba ser, me dejé por el camino en lo que quería convertirme. Quedó tan atrás que ni siquiera logro acordarme.

El mundo actual es una gigantesca bota que nos pisotea con fuerza, una y otra vez, hasta que terminamos pasando por la horma. Ya en la guardería nos enseñaron a moldear plastilina, a humillarla, a aplastarla y golpearla con el puño hasta darle la forma que deseábamos. ¿Quién iba a pensar, en aquel remanso de inocencia, que esa plastilina se iba a volver en nuestra contra?


1 comentario:

  1. Yo creo que los pesimistas ansían que llegue el siguiente día para que éste sea más deprimente que el anterior...

    No crees que a veces los pesimistas son adictos al conflicto, Lucky?

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