
lunes, 7 de junio de 2010
Mujer Lego

sábado, 5 de junio de 2010
¿Quién soy?
Permitid que me presente. Me llamo Lucky. Un apelativo tan grotesco y ridículo como cualquier otro. Aunque a decir verdad mis padres me pusieron Jansel. Adopté el apelativo de Lucky con 18 años porque me parecía más insinuante, enigmático y sonoro que aquel que mis progenitores me impusieron aprovechándose de mi falta de raciocinio. ¿Quién podría triunfar llamándose Jansel? Consideré que mi nuevo nombre era más acorde a mis ambiciones vitales. Ya sabéis, un nombre con personalidad. Sin embargo, no tarde en darme cuenta de que un nombre era simplemente la forma más sencilla de diferenciar a un gilipollas de otro en este sinsentido que llamamos ciudad.
No me considero pesimista. Los pesimistas temen que llegue el próximo día. No quieren un mañana porque saben que será aún peor que hoy. Los optimistas, por su parte, son los que disfrutan del presente y su próspero porvenir. Éstos son fáciles de reconocer por su incomprensible sonrisa, un recordatorio constante de lo triste de tu propia existencia. Yo ansío el mañana no por que espere que sea mejor, sino porque tengo la certeza de que no puede ser peor. No sé en qué me convierte eso. Y sinceramente me da igual. Supongo qué únicamente soy alguien que no tiene nada que perder, salvo mi lamentable vida.
Resultaría genial ser de otra manera, levantarme y entonar odas de alegría, pero no podría hacerlo sin vomitar. ¿De dónde viene toda mi angustia? No sería sincero decir que la vida me ha tratado mal. A mis 24 años tengo todo lo que cabría esperar en un joven de bien: Una licenciatura en Periodismo en la mejor universidad privada del país, un piso de alquiler en el centro de la ciudad, una cordial relación con mis padres, amigos con los que jugar a la PlayStation los domingos e incluso una preciosa novia morena que soporta mis rarezas.
En resumen, soy todo un envidiado producto estandarizado de clase media-acomodada del siglo XXI. Sólo me falta un código de barras para poder venderme por catálogo en la tele tienda de alguna endeudada emisora local. Así, siguiendo paso a paso lo que esta puta sociedad me marcaba ser, me dejé por el camino en lo que quería convertirme. Quedó tan atrás que ni siquiera logro acordarme.
El mundo actual es una gigantesca bota que nos pisotea con fuerza, una y otra vez, hasta que terminamos pasando por la horma. Ya en la guardería nos enseñaron a moldear plastilina, a humillarla, a aplastarla y golpearla con el puño hasta darle la forma que deseábamos. ¿Quién iba a pensar, en aquel remanso de inocencia, que esa plastilina se iba a volver en nuestra contra?
Ir tirando
Me doy cuenta de que estaba soñando. Iba andando y mis piernas dejaron de responder. No podía avanzar. Mis zapatillas pesaban cien kilos y me impedían moverme del sitio. Esto suele pasarme mucho en los sueños. De todas formas, no me apetecía abrir los ajos, así que di media vuelta y traté de seguir durmiendo. Ya era imposible. Miré el reloj. Las 12:54. Parpadeé un par de veces para ver si podía despertarme en cualquier otro lugar. Cualquiera. Pero no. Era mi cuarto. Estaba absolutamente desordenado. No en vano, este lugar era el campo de batalla con mi demonio interior. La desolación y el caos de mi habitación me recordaban que hoy la guerra continuaba.
Estaba completamente desnudo, me gusta dormir así, incluso en invierno. Podría dar varias razones ingeniosas sobre esta curiosa costumbre. Todas ellas serían falsas. Lo cierto es que duermo en pelotas porque me apetece. Sin embargo, decidí vestirme. Aquella era una fría mañana de febrero.
Sentado en la cama me puse a pensar en un anuncio de televisión de Hugo Boss. En él un joven guaperas con una toalla blanca, puesta a modo de falda, se dirigía hasta su armario ropero. Allí encontraba milimétricamente ordenados sus zapatos, camisas, pantalones y chaquetas. Elegía la ropa y se la enfundaba. Le quedaba a medida. Después, tras ponerse la colonia, decía: “My life, my rules”.
Me asusta observar cuán lejos estoy de este icono de joven moderno. En mi anuncio yo me levanto tarde, desnudo y con una cara que confiesa que ayer fumé marihuana sin control. No necesito dirigirme a un cuarto ropero, ni siquiera tengo uno, únicamente me dispondría a ir recogiendo del suelo mis pantalones vaqueros, una camiseta de los Beatles granate, los calcetines del día anterior y mis zapatillas Adidas Samba. Estoy seguro de que la gente que viera este anuncio sentiría lástima por mí. Que no lo hagan. Yo me permito usar colonia Armani Code.
Recorro mi piso hasta la cocina para beber algo de yogurt líquido. Lamentablemente, ayer me lo dejé fuera del frigorífico. Apesta. Da igual. Son más de las dos. Ya prepararé algo de comer. No estaban ninguno de mis compañeros de piso. Parece que ellos tienen cosas que hacer, o tal vez decidieron huir de sus cuartos. De todas formas tarde o temprano tendrán que volver.
El olor a alcohol se extendía por toda la casa procedente del salón. Decidí observar los desperfectos. La mesa estaba llena de vasos de plástico medio vacios, una derrotada botella de vodka, otra de ron y un par de litros de cerveza gastados. Ceniceros repletos de colillas. Charcos en el parqué. Manchas en el sofá. Ah, y una chica. Nada que no hubiese visto antes. Parece que ayer lo pasamos bien.
Mis amigos tienen la curiosa afición de traerse chicas borrachas a casa, generalmente las que se encuentran al borde del coma etílico al salir de los garitos. Comprensible hábito en personajes tan pervertidos y sexualmente enfermos como ellos. El problema de esto es que en la mayor parte de los casos las zorras terminan apalancándose en el sofá y sin comer ninguna polla. ¡Les tengo dicho que esto no es un puto hostal!
-La invité educadamente a marcharse- “No sé quién coño eres, pero lárgate. Tengo que recoger esto”.
-Se despereza. Era fea de cojones. Comprendo que algunas chicas pierden por la mañana, pero esta resultaría horrible incluso a oscuras- “¿Que hora es?”
- “¿Me ves pinta de reloj de cuco? Pírate ya”.
