
Puede que te hayas cruzado conmigo en el metro un viernes por la noche. Tal vez hayamos bailado en algún antro de mala muerte apestando a alcohol. Quizás me hayas comido la polla en los baños de la biblioteca, o si no, tu amiga. Es probable que sea aquél que no paraba de mirarte el tanga en la terraza de aquella cafetería de la Plaza Mayor. Bien puedo ser ese pajero que te imaginaba desnuda en su cama antes de desenroscar el tapón de su crema hidratante. Todas esas cosas son más probables de lo que imaginas. Si no era yo, sería alguien parecido a mi.
Siempre preocupada por tu peso. Envidias a Marisa, tú amiga rubia. Ella sí que está buena. Te conformas con chicos de segunda. Sabes que no aspiras a más por tus tetas pequeñas. Tienes buen culo, eso sí. Y lo que te cuesta mantenerlo. Nunca te descalzas, tienes los dedos de los pies horribles. No puedes pasar una noche sin ligar, todas tus amigas lo hacen. Tienes 26 años. Los chicos de tu edad suspiran por las de 18. Los chicos mayores que tú suspiran por las de 18. Incluso a tu abuelo se le pone dura al verlas. Te estás haciendo mayor. Te acuestas con cualquiera. Tienes miedo a dormir sola.
Sería ofensivo llamarte zorra, pero has de admitir que has hecho cosas que no le podrías contar a tu hermana de 32 años. Y cómo se podría tu padre si le dijeras que te han abierto más veces que a las latas de Coca Cola. No le haría ninguna gracia, ¿verdad? Pero sigues igual. No piensas cambiar. Buscas al príncipe azul en los sitios menos recomendables. Así te va. Confiando en que te avisen, tragas semen una y otra vez. Siempre fuiste tan ingenua...

Creo que te vas a llevar muy bien con Palahniuk...
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