Me doy cuenta de que estaba soñando. Iba andando y mis piernas dejaron de responder. No podía avanzar. Mis zapatillas pesaban cien kilos y me impedían moverme del sitio. Esto suele pasarme mucho en los sueños. De todas formas, no me apetecía abrir los ajos, así que di media vuelta y traté de seguir durmiendo. Ya era imposible. Miré el reloj. Las 12:54. Parpadeé un par de veces para ver si podía despertarme en cualquier otro lugar. Cualquiera. Pero no. Era mi cuarto. Estaba absolutamente desordenado. No en vano, este lugar era el campo de batalla con mi demonio interior. La desolación y el caos de mi habitación me recordaban que hoy la guerra continuaba.
Estaba completamente desnudo, me gusta dormir así, incluso en invierno. Podría dar varias razones ingeniosas sobre esta curiosa costumbre. Todas ellas serían falsas. Lo cierto es que duermo en pelotas porque me apetece. Sin embargo, decidí vestirme. Aquella era una fría mañana de febrero.
Sentado en la cama me puse a pensar en un anuncio de televisión de Hugo Boss. En él un joven guaperas con una toalla blanca, puesta a modo de falda, se dirigía hasta su armario ropero. Allí encontraba milimétricamente ordenados sus zapatos, camisas, pantalones y chaquetas. Elegía la ropa y se la enfundaba. Le quedaba a medida. Después, tras ponerse la colonia, decía: “My life, my rules”.
Me asusta observar cuán lejos estoy de este icono de joven moderno. En mi anuncio yo me levanto tarde, desnudo y con una cara que confiesa que ayer fumé marihuana sin control. No necesito dirigirme a un cuarto ropero, ni siquiera tengo uno, únicamente me dispondría a ir recogiendo del suelo mis pantalones vaqueros, una camiseta de los Beatles granate, los calcetines del día anterior y mis zapatillas Adidas Samba. Estoy seguro de que la gente que viera este anuncio sentiría lástima por mí. Que no lo hagan. Yo me permito usar colonia Armani Code.
Recorro mi piso hasta la cocina para beber algo de yogurt líquido. Lamentablemente, ayer me lo dejé fuera del frigorífico. Apesta. Da igual. Son más de las dos. Ya prepararé algo de comer. No estaban ninguno de mis compañeros de piso. Parece que ellos tienen cosas que hacer, o tal vez decidieron huir de sus cuartos. De todas formas tarde o temprano tendrán que volver.
El olor a alcohol se extendía por toda la casa procedente del salón. Decidí observar los desperfectos. La mesa estaba llena de vasos de plástico medio vacios, una derrotada botella de vodka, otra de ron y un par de litros de cerveza gastados. Ceniceros repletos de colillas. Charcos en el parqué. Manchas en el sofá. Ah, y una chica. Nada que no hubiese visto antes. Parece que ayer lo pasamos bien.
Mis amigos tienen la curiosa afición de traerse chicas borrachas a casa, generalmente las que se encuentran al borde del coma etílico al salir de los garitos. Comprensible hábito en personajes tan pervertidos y sexualmente enfermos como ellos. El problema de esto es que en la mayor parte de los casos las zorras terminan apalancándose en el sofá y sin comer ninguna polla. ¡Les tengo dicho que esto no es un puto hostal!
-La invité educadamente a marcharse- “No sé quién coño eres, pero lárgate. Tengo que recoger esto”.
-Se despereza. Era fea de cojones. Comprendo que algunas chicas pierden por la mañana, pero esta resultaría horrible incluso a oscuras- “¿Que hora es?”
- “¿Me ves pinta de reloj de cuco? Pírate ya”.

Yo veo ese anuncio prácticamente todos los días y no siento lástima. Así es como se imagina uno que se levanta Jota y muchos otros de nuestros ídolos...
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